domingo, 20 de marzo de 2011

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"Another Brick in the Wall



Es el título de una canción del grupo británico de rock progresivo Pink Floyd, compuesta por Roger Waters, bajista y principal vocalista de la banda. Dividida en tres partes, "Part I", "Part II" y "Part III", éstas se incluyeron en el álbum The Wall, publicado en 1979.
"Another Brick in the Wall" es una "canción de protesta" que denuncia las duras reglas que existen en la escuela en general y en los internados en particular con la frase "We don't need no education" ("No necesitamos ninguna educación"). Refleja la visión de Roger Waters sobre la educación formal: el odiaba a sus profesores del colegio y pensaba que ellos estaban más interesados en mantener la disciplina en lugar de transmitir sus conocimientos a los estudiantes. Aquí la frase "another brick in the wall" ("otro ladrillo en la pared") se refiere a la imagen del profesor, que es visto como uno de las causas del aislamiento mental de Pink, el personaje de la historia que narra el álbum. 




“El futuro tiene muchos nombres. Para los débiles es lo inalcanzable. Para los temerosos, lo desconocido. Para los valientes es la oportunidad”. Víctor Hugo (1802-1885) Novelista francés.

No siempre se llega a la meta deseada, no todos alcanzan el éxito aunque todos nacemos exitosos, y es un problema de autoestima y falta de confianza y fe en uno mismo. Recordar que el éxito espera al final y a través de un camino de felicidad y de oportunidades, un camino para cada uno y cada uno en su camino particular.

Dedicado: 

... A los que buscan aunque no encuentren

... A los que avanzan aunque se pierdan


"La Educación es lo que queda después de olvidar lo que se ha aprendido en la escuela". Einstein






Cada uno tiene su propio camino.
Un verdadero Maestro no te muestra su camino sino que te enseña a encontrar el tuyo.



EL PODER DE LA PALABRA




Un grupo de ranas viajaba por el bosque y de repente, dos de ellas cayeron en un pozo profundo. Todas las demás ranas se reunieron alrededor del pozo.
Cuando vieron cuan hondo era, le dijeron a las dos ranas en el fondo que para efectos prácticos, se debían dar por muertas.
Las dos ranas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas y siguieron tratando de saltar fuera del pozo con todas sus fuerzas. Las otras seguían insistiendo que sus esfuerzos serían inútiles.
Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, se desplomó y murió. La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible.
Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacían señas para que dejara de sufrir y que simplemente se dispusiera a morir, ya que no tenia caso seguir luchando. Pero la rana saltó cada vez con más fuerzas hasta que finalmente logró salir.
Cuando salió, las otras ranas le dijeron: "nos da gusto que lo hayas logrado, a pesar de lo que te gritábamos".
La rana les explicó que era sorda, y que pensó que las demás la estaban animando a esforzarse más y más.

La fábula original de Hsien-Sheng Liang nos presenta dos lecciones importantes:

1. La palabra tiene mucho poder.


2. Una palabra destructiva dicha a alguien que se encuentre desanimado puede ser lo que lo acabe por destruir.

¡Tengamos cuidado con lo que decimos!










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"El egoísmo se viste de sufrimiento, para 

poder controlar a los demás". 

¿Te identificas con esta afirmación?

VIDEO


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Aburrido?





El filósofo John Searle propuso el experimento mental de la “caja china” (también conocida como “habitación china” o “sala china”). Según Searle, el mero hecho de que una máquina supere el test de Turing –es decir, que conteste a las preguntas de un interrogador humano como lo haría una persona– no significa que piense, y para demostrarlo planteó la siguiente situación hipotética: supongamos que el propio Searle se encierra en un cubículo aislado del exterior en el que, por una ranura, un observador que no sabe lo que hay dentro introduce preguntas en chino.

Searle no sabe una palabra de ese idioma, pero, provisto de una serie de fichas con símbolos chinos y observando un determinado conjunto de reglas, podría escribir en un papel respuestas coherentes, en caracteres chinos, y hacerle creer al observador que el cubículo sabe chino, o que dentro hay alguien que conoce ese idioma. Análogamente, argumenta Searle, una máquina puede dar respuestas coherentes a preguntas humanas sin tener la menor conciencia de lo que está haciendo: basta con que posea el equivalente de un sistema de fichas lo suficientemente complejo y unas reglas combinatorias adecuadas. Pero la argumentación de Searle tiene un punto débil.
Si las preguntas en chino superan un cierto nivel de complejidad (como de hecho requiere el test de Turing), aunque el manipulador de fichas encerrado en el cubículo no sepa chino, tendrá que ser lo suficientemente inteligente como para aplicar las reglas combinatorias con la pericia necesaria para engañar al observador. Y, además, a medida que avance en el proceso dejará de ser cierto que no sabe ni una palabra de chino, pues algo irá aprendiendo; de hecho, si pasara mucho tiempo encerrado en la caja china respondiendo preguntas, acabaría sabiendo chino. Por otra parte, la argumentación de Searle no es aplicable solo a las máquinas, sino también a las personas. ¿Cómo podemos estar seguros de que nuestros interlocutores humanos –o aparentemente humanos– son seres pensantes? Podrían ser “cajas chinas” capaces de manejar un complejo fichero de preguntas y respuestas sin entender lo que oyen ni lo que dicen, meras máquinas sintácticas sin auténtica capacidad semántica, voces sin conciencia.